Dos Biblias abiertas antiguas mostrando la preservación e historia del canon bíblico.

Cada año, millones de cristianos reservan el mes de septiembre para reflexionar en la centralidad de las Escrituras. Sin embargo, pocos se detienen a considerar la fascinante travesía histórica que atravesó este texto antes de llegar a nuestras manos. Cuando abrimos la Biblia, no tenemos un solo libro, sino una biblioteca compuesta por 66 o 73 escritos redactados a lo largo de más de mil quinientos años por unos cuarenta autores diferentes.

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Entender la travesía histórica del texto sagrado no solo nos ofrece razones históricas para confiar en su preservación, sino que también nos ayuda a comprender por qué celebramos el mes de la Biblia en septiembre como un hito de gratitud por haber recibido la Palabra en nuestra propia lengua.

De la voz al papiro: La transmisión y preservación del texto

En la antigüedad, el proceso de transmisión documental difería sustancialmente de la imprenta moderna. Los escritos originales (llamados autógrafos) se redactaron en papiro —un material orgánico elaborado con tallos de plantas del Nilo— y posteriormente en pergamino, confeccionado con pieles de animales.

Para que un texto sobreviviera al paso del tiempo en el clima del Cercano Oriente, debía ser copiado a mano de forma continua. En el caso del Antiguo Testamento, los escribas hebreos (como los masoretas en siglos posteriores) desarrollaron estrictos controles de calidad: contaban cada palabra y cada letra de cada manuscrito para asegurarse de que no se hubiera omitido ni añadido un solo carácter.

Hacia el siglo I, en el mundo grecorromano, el texto hebreo ya se leía habitualmente en su traducción al griego, conocida como la Septuaginta (LXX). De hecho, cuando exploramos los Evangelios, descubrimos que esta versión en griego era ampliamente citada por los autores del Nuevo Testamento y nos permite entender qué versión de la Biblia leía Jesús durante su ministerio terrenal.

¿Qué es el «canon» bíblico y cómo se definió?

La palabra canon proviene del griego kanōn (y esta del hebreo qaneh), que significa «caña» o «vara de medir». Con el tiempo, el término pasó a designar la regla o norma con la que se medía la autenticidad de un escrito religioso: la lista oficial de libros reconocidos como inspirados por Dios.

Es fundamental aclarar que la iglesia o los concilios no «crearon» el canon ni le otorgaron autoridad a los libros. Más bien, la comunidad de fe solamente reconoció la autoridad divina que esos escritos ya poseían por sí mismos.

El canon del Antiguo Testamento

El pueblo judío dividió sus escritos sagrados en tres secciones conocidas como la Tanaj:

  1. La Ley (Torah)
  2. Los Profetas (Nevi'im)
  3. Los Escritos (Ketuvim)

Para el primer siglo, esta colección de 39 libros (agrupados tradicionalmente en 24 en el recuento hebreo) estaba firmemente consolidada entre la comunidad judía de Palestina como la Palabra revelada de Dios.

El canon del Nuevo Testamento

A medida que la iglesia primitiva crecía y surgían escritos falsos o heréticos en el siglo II, las iglesias locales necesitaron formalizar cuáles escritos eran normativos. Los criterios para reconocer los 27 libros del Nuevo Testamento fueron principalmente tres:

  • Apostolicidad: ¿El libro fue escrito por un apóstol directo o por un compañero cercano de los apóstoles (como Marcos o Lucas)?
  • Ortodoxia: ¿Enseña la misma doctrina transmitida por Jesús y la fe apostólica sin contradicciones?
  • Catolicidad y uso litúrgico: ¿El escrito fue reconocido y leído de forma continua por las iglesias en todo el mundo conocido?

Hacia el año 367 d. C., en su famosa Carta Festal, el obispo Atanasio de Alejandría enumeró exactamente los mismos 27 libros que hoy componen nuestro Nuevo Testamento.

La cuestión de los Apócrifos: ¿Por qué algunas Biblias tienen más libros?

Una de las preguntas más comunes al comparar distintas ediciones de la Biblia es por qué la versión católica incluye 73 libros (46 en el Antiguo Testamento), mientras que la versión protestante contiene 66 (39 en el Antiguo Testamento).

La diferencia se origina en la existencia de dos colecciones de escritos del Antiguo Testamento en la antigüedad:

  1. El canon hebreo (Palestinense): Los 39 libros redactados originalmente en hebreo y arameo que la comunidad judía de Palestina reconoció como inspirados.
  2. La Septuaginta (Alejandrina): La traducción al griego realizada en Alejandría (Egipto), que incluía además una serie de libros adicionales redactados durante el período intertestamentario (como 1 y 2 Macabeos, Tobías, Judit, Sabiduría, Eclesiástico y Baruc).

«Apócrifos» y «Deuterocanónicos»

A estos libros adicionales se los conoce de dos maneras:

  • Los teólogos católicos los llaman deuterocanónicos («del segundo canon»), indicando que su reconocimiento definitivo en el canon católico se dio en una etapa posterior.
  • Los teólogos protestantes los llaman apócrifos (que significa «ocultos» o «de origen dudoso»), reconociéndoles valor histórico o piadoso, pero no autoridad doctrinal.

Cuando Jerónimo tradujo la Biblia al latín (la Vulgata) en el siglo IV, señaló explícitamente que estos escritos no estaban en el texto hebreo original y debían considerarse útiles para la edificación, pero no normativos para la fe. Durante la Reforma Protestante en el siglo XVI, basándose en la postura de Jerónimo y el uso judío del primer siglo, se optó por volver exclusivamente al canon hebreo de 39 libros para el Antiguo Testamento.

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Del pergamino a las versiones que leemos hoy

El proceso de recopilación del canon y la preservación de miles de manuscritos antiguos (como los Rollos del Mar Muerto o el Códice Sinaítico) es lo que permite a los equipos de traductores trabajar hoy con una precisión científica sin precedentes.

Cuando abres tu Biblia en la actualidad, la diversidad de opciones en el vocabulario o la estructura de las frases no se debe a que se hayan perdido libros o alterado el mensaje original, sino a las diferentes filosofías de traducción que existen para hacer el texto comprensible en nuestro idioma. Si deseas profundizar en este tema, puedes consultar nuestro artículo sobre por qué hay tantas versiones de la Biblia.

Conclusión

La historia de cómo nos llegó la Biblia no es el resultado del azar ni de decisiones políticas arbitrarias, sino el testimonio de la providencia de Dios preservando su mensaje a través de los siglos. Desde los frágiles papiros del desierto hasta la pantalla de tu dispositivo digital, cada libro de tu Biblia ha superado el examen del tiempo para que hoy puedas escuchar la voz de Dios con claridad.