Es una pregunta que a menudo nos hacemos: ¿Qué versión de la Biblia leía Jesús? Si bien no tenía una «Biblia» como la conocemos hoy, con tapas y páginas impresas, sí tenía acceso a las Escrituras de su tiempo. Y es muy probable que una de las versiones más influyentes en su época, y que él mismo citaba con frecuencia, fuera la Septuaginta (LXX).
La fascinante historia de la Septuaginta
La Septuaginta es la traducción más antigua del Antiguo Testamento hebreo y arameo al griego koiné.1 Su origen se remonta al siglo III a. C. en Alejandría, Egipto, una ciudad cosmopolita con una vasta población judía que, con el tiempo, había adoptado el griego como su idioma principal y comenzaba a perder el hebreo.
¿Por qué «Septuaginta»? El nombre proviene del latín «septuaginta», que significa «setenta». Se basa en una leyenda, narrada en la Carta de Aristeas (un documento del siglo II a. C.), que cuenta que el rey Ptolomeo II Filadelfo de Egipto (285-246 a. C.) solicitó a 72 eruditos judíos (seis de cada una de las doce tribus de Israel) que viajaran a Alejandría para traducir la Torá (los primeros cinco libros de la Biblia) al griego. La leyenda afirma que estos 72 eruditos trabajaron de forma independiente y, milagrosamente, produjeron traducciones idénticas en 72 días. Si bien los detalles milagrosos son probablemente míticos, la historia subraya la importancia y la autoridad que se le otorgó a esta traducción desde sus inicios. Con el tiempo, el término «Septuaginta» se extendió a la traducción de todo el Antiguo Testamento.
La Septuaginta también es conocida por la abreviatura LXX, los números romanos para 70. Aunque la leyenda menciona 72 traductores, el redondeo a 70 era una costumbre común de la cultura y la época. Esta práctica se ve también en el Nuevo Testamento: Lucas 10:1 dice que Jesús envió a 72 discípulos, mientras que algunas variantes textuales mencionan 70. Esto demuestra que, para la gente de aquel tiempo, el número exacto no siempre era tan relevante como la cifra redondeada, por practicidad o simbolismo, lo que da una idea de por qué la traducción de los 72 se conoce como la de los 70 (LXX).
Organización y «publicación» de la Septuaginta
A diferencia de nuestras Biblias impresas con un orden fijo, la organización de los libros en la Septuaginta original no era tan uniforme como en el Texto Masorético (la base de la mayoría de nuestras traducciones modernas del Antiguo Testamento). Sin embargo, generalmente se agrupaban en categorías similares:
- El Pentateuco o la Ley (Torá): Génesis, Éxodo, Levítico, Números, Deuteronomio.
Es importante notar que la Septuaginta también incluye libros que no se encuentran en el canon hebreo del Antiguo Testamento, conocidos como libros deuterocanónicos o apócrifos (como Tobías, Judit, Sabiduría, Eclesiástico, Baruc, y adiciones a Ester y Daniel). Estos libros eran parte de las Escrituras para muchos judíos de habla griega y fueron ampliamente utilizados por la Iglesia primitiva.
La «publicación» en la antigüedad no era como la conocemos. No había imprentas. Los textos se copiaban a mano en rollos de papiro o pergamino. Las copias de la Septuaginta estaban disponibles en sinagogas y bibliotecas, siendo la famosa Biblioteca de Alejandría un centro clave para su preservación y estudio. Gracias a su amplia difusión en el mundo helenístico, se convirtió en la versión estándar del Antiguo Testamento para la diáspora judía.
El uso de la Septuaginta por Jesús y los apóstoles
Aquí es donde la Septuaginta cobra una importancia vital para los cristianos. Cuando Jesús y los escritores del Nuevo Testamento citan el Antiguo Testamento, lo hacen mayormente de la Septuaginta, y no del texto hebreo masorético (que fue estandarizado siglos después, alrededor del año 70 d. C.).2
Hay numerosos ejemplos de esto:
- Isaías 7:14: En Mateo 1:23, al citar la profecía sobre el nacimiento de Jesús, el evangelista escribe: «He aquí, una virgen concebirá y dará a luz un hijo». La Septuaginta usa la palabra griega parthenos (virgen), mientras que el hebreo masorético usa almah, que puede significar «doncella» o «mujer joven». La Septuaginta proporciona la base para la comprensión de Mateo de esta profecía como una referencia a una virgen.
Estos y muchos otros ejemplos demuestran que la Septuaginta era la Biblia de los primeros cristianos. Era el «Antiguo Testamento» familiar para ellos, no solo por su idioma, sino también por sus lecturas, que a menudo prefiguraban o iluminaban la venida y obra de Cristo de maneras que el texto hebreo masorético no siempre hacía tan explícitas.
Lecciones para hoy
Hoy en día, tenemos una vasta riqueza de versiones de la Biblia en nuestras propias lenguas, fruto de un proceso de traducción que comenzó hace milenios con la Septuaginta. ¿Qué podemos aprender de su historia?
- La Palabra de Dios trasciende el idioma: La Septuaginta nos recuerda que la verdad de Dios no está atada a un solo idioma. Dios, en su sabiduría, permitió que su Palabra fuera traducida y difundida, demostrando su deseo de que todos los pueblos tuvieran acceso a ella.
La Septuaginta es mucho más que una antigua traducción; es un puente crucial entre el Antiguo y el Nuevo Testamento, una ventana a la Biblia que Jesús y sus discípulos leían, y un testimonio del poder duradero y la adaptabilidad de la Palabra de Dios para alcanzar a todas las generaciones.
