El hilo de la promesa: la historia de Israel en el Antiguo Testamento
¿Te pierdes al leer el Antiguo Testamento? Esta guía exhaustiva desde Abraham hasta el exilio te ayudará a entender la historia de Israel.
¿Alguna vez has intentado leer el Antiguo Testamento y has sentido que te pierdes en un laberinto de nombres, lugares e intrigas políticas? No estás solo. El Antiguo Testamento representa casi el 80% de la Biblia y abarca miles de años de historia. Perder el hilo conductor es sumamente fácil.
Para interpretar correctamente cualquier pasaje del Antiguo Testamento —ya sea un mandato en Levítico, un lamento en los Salmos o una profecía en Isaías— es indispensable conocer el mapa histórico en el que se mueve. Toda esta biblioteca cuenta una sola historia: cómo Dios formó, guió, disciplinó y preservó a una nación con un propósito específico: traer al Mesías y, a través de Él, la vida eterna al mundo.
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A continuación, trazaremos un recorrido profundo y detallado a través de las 6 grandes etapas de la historia de Israel, diseñado para que las estudies con tu Biblia abierta. ¿La tienes? ¡Allá vamos!
1. La era de los Patriarcas: el nacimiento de la promesa
- Período cronológico: Aprox. 2100 a. C. – 1800 a. C.
- Marco geográfico: De Ur de los Caldeos (Mesopotamia) a la tierra de Canaán, concluyendo en Egipto.
- Lectura bíblica base: Génesis 12 al 50.
La historia de Israel no comienza con una gran masa de gente ni con un ejército conquistador, sino con el llamado soberano a un solo hombre en medio de una cultura pagana e idólatra: Abram (luego llamado Abraham), originario de Ur de los Caldeos.
El Pacto Abrahámico: el motor de la historia
En Génesis 12:1-3, Dios inicia una relación de pacto con Abraham que se convierte en el motor teológico de todo el resto de las Escrituras. Este pacto, ratificado de manera incondicional y unilateral por Dios en Génesis 15, contiene una triple promesa:
- Una descendencia: Un pueblo incontable como las estrellas del cielo, a pesar de la esterilidad inicial de su esposa Sara y la edad avanzada de ambos.
- Una tierra: La región de Canaán, habitada en ese entonces por tribus amorreas.
- Una bendición universal: La promesa de que, a través de su linaje, «serán benditas todas las familias de la tierra» (un anuncio anticipado del Evangelio y de la llegada de Jesucristo; cf. Gálatas 3:8).
La línea de la promesa y las Doce Tribus
La soberanía de Dios se manifiesta una y otra vez en la elección minuciosa de la línea del pacto, descartando los criterios culturales de primogenitura:
- Isaac: Hijo de la promesa, elegido por encima de Ismael (Gén. 21).
- Jacob: Elegido por encima de su hermano mellizo Esaú (Gén. 25:23). En Peniel, tras una noche de lucha espiritual y física, Dios le cambia el nombre a Israel, que significa «el que lucha con Dios» (Gén. 32:28).
- Los doce hijos de Jacob: Estos se convierten en los jefes patriarcales de las doce tribus de Israel (Rubén, Simeón, Leví, Judá, Dan, Neftalí, Gad, Aser, Isacar, Zabulón, José y Benjamín).
El traslado providencial a Egipto
El libro de Génesis cierra con la historia de José (Gén. 37–50). Tras ser vendido por sus hermanos debido a los celos, la providencia divina lo eleva a la posición de gobernador de Egipto. Una hambruna severa en Canaán obliga a Jacob y a toda su casa (unas 70 personas) a migrar al delta del Nilo, en la región de Gosén. Dios utiliza esta crisis para preservar la vida de la incipiente familia y prepararla para su transformación en una gran nación, lejos de la influencia cultural cananea.
2. El éxodo y la peregrinación en el desierto: de familia a nación teocrática
- Período cronológico: Aprox. 1446 a. C. (según la datación temprana basada en 1 Reyes 6:1) o 1290 a. C. (datación tardía).
- Marco geográfico: De las ciudades de almacenaje en Egipto, cruzando la península del Sinaí, hasta las llanuras de Moab.
- Lectura bíblica base: Éxodo, Levítico, Números y Deuteronomio.
Durante cuatro siglos en Egipto, la pequeña familia de Jacob se multiplica exponencialmente. Un cambio de dinastía en Egipto (la ascensión de un nuevo faraón «que no conocía a José», Éx. 1:8) altera drásticamente su realidad. Por temor a su crecimiento demográfico, el imperio egipcio somete a los israelitas a una dura esclavitud y decreta el infanticidio de los varones.
La redención y las plagas
Dios escucha el clamor de su pueblo en virtud del pacto con Abraham (Éx. 2:24) y levanta a Moisés como el libertador y mediador. El enfrentamiento entre Dios y el Faraón no es solo político, sino una guerra espiritual contra los dioses de Egipto. A través de las diez plagas (Éx. 7–12), Dios demuestra su soberanía absoluta sobre la creación y sobre el panteón egipcio.
El clímax de la liberación ocurre con la institución de la Pascua (Éx. 12), donde la sangre de un cordero sustituto protege a las familias del juicio divino, un tipo perfecto del sacrificio de Cristo. Acto seguido, el cruce milagroso del Mar Rojo (Éx. 14) sella la separación definitiva de Israel de su vida de esclavitud.
El Pacto del Sinaí: la Ley y el Tabernáculo
Tres meses después de la salida de Egipto, la nación acampa al pie del Monte Sinaí (Éx. 19). Aquí ocurre la constitución formal de Israel. Dios establece un Pacto Condicional con ellos:
- La Ley (los Diez Mandamientos y leyes civiles/ceremoniales): No fueron dados para traer redención, sino para regular la vida de un pueblo que ya había sido redimido. La ley revela la santidad de Dios y define el estándar de justicia para la comunidad (Éx. 20–23).
- El Tabernáculo: Dios ordena la construcción de un santuario móvil (Éx. 25–40). El Tabernáculo se coloca en el centro exacto del campamento de las tribus, simbolizando que la presencia de un Dios santo habita en medio de un pueblo pecador, conectando con el sistema de sacrificios expiatorios detallado en el libro de Levítico.
La rebelión de Cades-barnea y los 40 años de vagar
A pesar de ver las señales divinas, la nación israelita muestra una profunda dureza de corazón. El punto de quiebre ocurre en Cades-barnea (Núm. 13–14), cuando diez de los doce espías enviados a reconocer la Tierra Prometida infunden miedo al pueblo, provocando una rebelión abierta contra el liderazgo de Moisés y la fidelidad de Dios.
El juicio divino es severo: esa generación incrédula es condenada a deambular y morir en la península del Sinaí durante 40 años. Solo Josué y Caleb, quienes creyeron, reciben la promesa de entrar. El libro de Deuteronomio representa el discurso final de Moisés a la nueva generación nacida en el desierto, renovando el pacto justo antes de cruzar el río Jordán.
3. La conquista y la era de los Jueces: la fragmentación y la crisis moral
- Período cronológico: Aprox. 1406 a. C. – 1050 a. C.
- Marco geográfico: La tierra interior de Canaán (repartida entre las tribus).
- Lectura bíblica base: Josué, Jueces, Rut y los primeros 7 capítulos de 1 Samuel.
La conquista bajo Josué
Tras la muerte de Moisés, Josué asume el mando militar y espiritual de la nación. El libro de Josué detalla una campaña militar dividida en tres fases (central, sur y norte) para desposeer a las naciones cananeas, cuya maldad moral e idolatría extrema habían colmado la paciencia divina (cf. Gén. 15:16).
Hitos como la caída de las murallas de Jericó (Jos. 6) demuestran que la conquista es una obra divina y no meramente humana. El libro concluye con la distribución de la tierra entre las doce tribus y un llamado solemne de Josué a la fidelidad: «Escojan hoy a quién servir… pero yo y mi casa serviremos al Señor» (Jos. 24:15).
La anarquía espiritual: el ciclo de los Jueces
El éxito de la conquista fue parcial porque las tribus de Israel no expulsaron por completo a los habitantes locales, desobedeciendo la orden divina. Tras la muerte de Josué y de la generación que presenció los milagros, Israel entra en una de sus épocas más oscuras y caóticas, descrita vívidamente en el libro de Jueces.
Sin un liderazgo centralizado, la nación se rige por una triste realidad: «En esos días no había rey en Israel; cada uno hacía lo que le parecía bien ante sus propios ojos» (Jue. 21:25). La historia avanza en un patrón cíclico y descendente de cuatro fases:
- Apostasía: Israel olvida a Dios y adora a los baales y astarots de los cananeos.
- Opresión: Dios entrega a las tribus en manos de enemigos extranjeros (filisteos, madianitas, amonitas, etc.) como disciplina.
- Clamor: El pueblo, desesperado por el sufrimiento, clama a Dios por liberación.
- Liberación: Dios, por pura gracia, levanta a un juez (un shofet, en hebreo, que actúa como caudillo militar y líder carismático local) para derrotar al opresor y pacificar la región.
Entre estos líderes destacan figuras complejas como Débora (Jue. 4-5), Gedeón (Jue. 6-8) y Sansón (Jue. 13-16). Sin embargo, cada ciclo muestra un deterioro moral peor que el anterior, evidenciando que el problema de Israel no era geográfico ni militar, sino del corazón. El tierno libro de Rut se desarrolla precisamente en este período, sirviendo como un rayo de luz que demuestra que Dios seguía preservando la línea mesiánica (la ascendencia de David, cf. Rut 4:13, 17) en medio de la apostasía nacional.
4. El Reino Unido: la era de oro de la monarquía
- Período cronológico: 1050 a. C. – 930 a. C. (120 años exactos).
- Marco geográfico: Expansión total desde la frontera de Egipto hasta el río Éufrates. Jerusalén se convierte en el epicentro geográfico, político y espiritual.
- Lectura bíblica base: 1 Samuel (caps. 8 al 31), 2 Samuel, 1 Reyes (caps. 1 al 11), 1 Crónicas y 2 Crónicas (caps. 1 al 9).
Hacia el final de la era de los jueces, la inestabilidad interna y la presión militar de los filisteos llevan a la nación a un punto de quiebre. En 1 Samuel 8, el pueblo se acerca al anciano profeta y último juez, Samuel, con una demanda que marcara un giro histórico: «Danos un rey que nos gobierne, como lo tienen todas las naciones» (1 Sam. 8:5).
Aunque esta petición implicaba un rechazo directo a la teocracia pura (donde Dios gobernaba directamente a través de Sus palabras), Dios utiliza este quiebre humano para desarrollar una faceta crucial de su plan de redención: la institución de la monarquía davídica. Esta etapa se define por los reinados de tres monarcas, cada uno de los cuales gobernó por un espacio de 40 años:
Saúl: la monarquía según los criterios humanos
El primer rey de Israel, Saúl (de la tribu de Benjamín), poseía las cualidades físicas externas que el pueblo deseaba (1 Sam. 9:2). Su gobierno comenzó con éxitos militares, pero su carácter se desmoronó rápidamente bajo la presión del poder.
Saúl usurpó las funciones sacerdotales al ofrecer sacrificios de manera impaciente (1 Sam. 13) y desobedeció el mandato directo de Dios de destruir por completo a los amalecitas, reteniendo el botín para beneficio propio (1 Sam. 15). El profeta Samuel le comunica el veredicto divino: Dios rechaza a Saúl y a su descendencia del trono porque «el obedecer es mejor que los sacrificios» (1 Sam. 15:22). El resto del primer libro de Samuel narra la decadencia mental y espiritual de Saúl, consumido por los celos contra su sucesor ungido en secreto.
David: el Pacto Davídico y la unificación nacional
Tras la trágica muerte de Saúl en el monte Gilboa, David (de la tribu de Judá) asume el trono, primero sobre su propia tribu y luego sobre toda la nación unificada (2 Sam. 5). David es catalogado como un rey «conforme al corazón de Dios» (1 Sam. 13:14), no porque fuera un hombre perfecto —cometió pecados graves como el adulterio con Betsabé y el asesinato de Urías en 2 Samuel 11—, sino porque su arrepentimiento fue genuino, profundo y siempre reconoció la soberanía absoluta de Dios.
Los logros históricos de David transformaron a Israel:
- Conquistó la fortaleza jebusea de Sion y fundó la capital en Jerusalén.
- Trasladó el Arca del Pacto a Jerusalén, unificando la vida política y el centro de adoración espiritual de las doce tribus (2 Sam. 6).
- El Pacto Davídico: En 2 Samuel 7, cuando David expresa su deseo de edificar una casa (es decir, un templo) para Dios, Dios le responde que Él le edificará una casa (es decir, una dinastía) a David. Dios promete de manera incondicional que un descendiente de su línea reinaría para siempre (2 Sam. 7:12-16). Este es el fundamento de la esperanza mesiánica: Jesucristo es el gran «Hijo de David» que cumple esta promesa eterna (Lc. 1:32-33).
Salomón: el cénit imperial y la construcción del Templo
Hijo de David y Betsabé, Salomón hereda un reino pacificado y próspero. Al inicio de su gestión, Dios le concede sabiduría extraordinaria a petición suya (1 Re. 3). Bajo su mando, Israel vive su época de mayor esplendor comercial, literario y arquitectónico.
El hito teológico y físico de esta era es la edificación del Primer Templo en Jerusalén (1 Re. 6–8), que sustituyó al Tabernáculo móvil del desierto. En una oración de dedicación monumental, la gloria de Dios desciende y llena el lugar, consolidando a Jerusalén como el centro espiritual de la fe israelita.
Sin embargo, el éxito de Salomón sembró las semillas de la ruina nacional. Desobedeciendo las advertencias explícitas de Deuteronomio 17, acumuló riquezas excesivas, multiplicó caballos de guerra y contrajo cientos de alianzas matrimoniales con princesas paganas, quienes finalmente desviaron su corazón hacia la idolatría al final de sus días (1 Re. 11). El juicio de Dios fue contundente: el reino le sería arrancado a su descendencia, dejando solo un remanente por amor a David.
5. El Reino Dividido: la fractura y el camino a los exilios
- Período cronológico: 930 a. C. – 586 a. C. (Aprox. 344 años).
- Marco geográfico: Fragmentación territorial en dos estados independientes en constante fricción geopolítica.
- Lectura bíblica base: 1 Reyes (cap. 12) al 2 Reyes (cap. 25), y 2 Crónicas (caps. 10 al 36). Es el telón de fondo histórico de la mayoría de los Libros Proféticos (Isaías, Jeremías, Oseas, Amós, Miqueas, etc.).
A la muerte de Salomón en el 930 a. C., su hijo Roboam asume el trono. Ante la petición del pueblo de aliviar la pesada carga de impuestos y trabajos forzados impuestos por su padre, Roboam responde con arrogancia y dureza (1 Re. 12). Esto provoca una insurrección inmediata. Las diez tribus del norte se rebelan, fracturando la nación de manera permanente en dos reinos separados:
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| Esquema panorámico de la transición del Reino Unido de Israel hacia la división política tras la crisis del 930 a. C. |
El Reino del Norte (Israel)
Compuesto por diez tribus, eligió como su primer monarca a Jeroboam I. Por temor a que sus súbditos regresaran a Jerusalén (en el sur) para adorar en el Templo y cambiaran de lealtad política, Jeroboam cometió un pecado herético gravísimo: erigió dos centros de adoración rivales con becerros de oro en Dan y en Betel (1 Re. 12:26-33).
A partir de ahí, la historia del Reino del Norte es una espiral descendente de golpes de estado, inestabilidad civil e idolatría extrema. Tuvo 19 reyes repartidos en varias dinastías, y la Biblia evalúa a absolutamente todos ellos con la misma frase lapidaria: «Hizo lo malo ante los ojos del Señor». El punto más bajo ocurrió bajo la dinastía de Omrí, específicamente con el rey Acab y su esposa fenicia Jezabel, quienes persiguieron a los fieles e institucionalizaron el culto violento e inmoral a Baal y Asera (1 Re. 16).
Debido a su persistente rebelión, el juicio de Dios llegó en el 722 a. C. El brutal Imperio Asirio, bajo el mando de Salmanasar V y Sargón II, sitió y destruyó la capital, Samaria, deportando en masa a las diez tribus hacia los confines de Mesopotamia e importando colonos paganos a la región (lo que dio origen al grupo étnico de los samaritanos; ver 2 Reyes 17).
El Reino del Sur (Judá)
Compuesto por las tribus de Judá y Benjamín, el Reino del Sur mantuvo una estabilidad política mucho mayor porque preservó la línea dinástica de David en cumplimiento de la promesa de Dios. Su capital siguió siendo Jerusalén y mantuvo el acceso al Templo auténtico.
Judá tuvo 20 reyes. A diferencia del norte, el sur tuvo altibajos espirituales debido a que varios de sus monarcas fueron piadosos y promovieron reformas nacionales. Destacan reyes como:
- Ezequías: Quien confió en Dios y vio la liberación milagrosa de Jerusalén ante el asedio asirio de Senaquerib (2 Re. 18–19).
- Josías: Quien redescubrió el libro de la Ley en el Templo y destruyó los altares paganos del país, convocando a la Pascua más grande desde la era de los jueces (2 Re. 22–23).
Lamentablemente, la influencia de reyes extremadamente malvados como Manasés —quien sacrificó a sus propios hijos a Moloc e inundó Jerusalén de sangre inocente (2 Re. 21)— inclinó la balanza. Tras la muerte de Josías, la nación cayó en una apostasía irreversible.
El Imperio Babilonio, la nueva superpotencia mundial bajo el rey Nabucodonosor II, ejecutó el juicio divino sobre Judá en tres oleadas sucesivas de deportación:
- 605 a. C.: Primera deportación de la élite y los jóvenes nobles (entre ellos Daniel y sus amigos).
- 597 a. C.: Segunda deportación, incluyendo al rey Joaquín y al profeta Ezequiel.
- 586 a. C.: El desastre final. Tras el asedio provocado por la rebelión del rey Sedequías, los babilonios destruyeron por completo las murallas de Jerusalén, saquearon e incendiaron el Templo de Salomón hasta sus cimientos y llevaron al resto de la población al exilio (2 Re. 25).
La función de los profetas en esta era
Es imposible entender los libros de los profetas si se leen aislados de este período de crisis del Reino Dividido. Los profetas no eran simples adivinos del futuro; funcionaban como los «vigilantes del pacto» de Dios. Su labor principal consistía en presentarse ante los reyes y el pueblo para:
- Denunciar la idolatría espiritual y la injusticia social, demostrando cómo estaban violando las estipulaciones del Pacto Mosaico (Deuteronomio).
- Llamar urgentemente al arrepentimiento antes de que cayera el juicio físico (los exilios).
- Anunciar que, más allá del juicio inminente, Dios guardaría un remanente fiel y cumpliría sus promesas a través de un Nuevo Pacto y la venida del Mesías sufriente y victorioso (Jer. 31:31; Is. 53).
6. El exilio y el retorno: la reconstrucción y la preservación del remanente
- Período cronológico: 586 a. C. – 400 a. C. (Aprox. 186 años).
- Marco geográfico: De las orillas de los ríos de Babilonia y los palacios de Persia, de regreso a la pequeña provincia de Judá en la tierra de Israel.
- Lectura bíblica base: Esdras, Nehemías, Ester, y los últimos tres profetas menores: Hageo, Zacarías y Malaquías. Daniel y Ezequiel aportan el trasfondo profético desde el exilio.
El exilio en Babilonia fue un período de profunda purificación para el pueblo de Dios. Lejos de su tierra, sin rey y sin Templo, los judíos se vieron obligados a reflexionar en sus pecados. Fue en esta dura etapa donde la idolatría a los dioses paganos quedó erradicada de la identidad de Israel. Dios no los había abandonado; estaba cumpliendo la disciplina civil que ya había advertido siglos atrás en Deuteronomio 28.
La fidelidad en el exilio y el cambio de imperio
A través del profeta Jeremías, Dios había fijado un límite exacto para el cautiverio: 70 años (Jer. 25:11-12). Durante ese tiempo, figuras como Daniel mantuvieron un testimonio intachable en las cortes babilónicas, testificando a los gobernantes gentiles que el Dios del cielo quita y pone reyes (Dan. 2).
En el 539 a. C., el escenario geopolítico mundial cambió drásticamente. El Imperio Medo-Persa, bajo el mando de Ciro el Grande, conquistó Babilonia. Guiado por una soberanía divina que incluso había sido profetizada por nombre dos siglos antes (Is. 44:28), Ciro emitió un decreto histórico que permitía a los pueblos deportados regresar a sus tierras natales y reconstruir sus santuarios (Esd. 1).
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Las tres olas del retorno a Jerusalén
El regreso a la Tierra Prometida no ocurrió en un solo viaje masivo, sino en tres expediciones principales a lo largo de casi un siglo. Cada una de estas olas estuvo enfocada en un aspecto vital de la restauración nacional:
Primera Ola (538 a. C.) – Enfoque: El Templo
- Líderes: Zorobabel (gobernador y descendiente de la línea real de David) y Josué (el sumo sacerdote).
- Hito histórico: Regresaron cerca de 50.000 judíos (Esd. 2). Su prioridad fue levantar el altar y colocar los cimientos del Segundo Templo. Sin embargo, debido a la fuerte oposición de los pueblos vecinos y a la apatía espiritual del propio pueblo, la construcción se detuvo por unos 16 años.
- La intervención profética: Dios levantó a los profetas Hageo y Zacarías para sacudir la conciencia del pueblo, quienes se habían enfocado en edificar sus propias casas lujosas mientras el Templo seguía en ruinas (Hag. 1). Inspirados por la predicación profética, el Segundo Templo se terminó y dedicó finalmente en el 516 a. C.
Segunda Ola (458 a. C.) – Enfoque: La vida espiritual
- Líder: Esdras, un sacerdote y escriba erudito «que había dedicado su corazón a estudiar la ley del Señor, y a practicarla, y a enseñar Sus estatutos y ordenanzas en Israel» (Esd. 7:10).
- Hito histórico: Esdras viajó con una segunda comitiva con el apoyo del rey persa Artajerjes I. Al llegar, encontró que el pueblo se había mezclado espiritualmente y matrimonialmente con las naciones paganas de la región, repitiendo los mismos errores que provocaron el exilio. Esdras lideró una profunda reforma espiritual y un arrepentimiento nacional basado en la exposición pública de la Palabra de Dios (Esd. 9–10).
Tercera Ola (444 a. C.) – Enfoque: Las murallas y la seguridad
- Líder: Nehemías, el copero del rey Artajerjes I, quien recibió permiso real para viajar a Jerusalén tras enterarse de que la ciudad seguía desprotegida y sus puertas quemadas a fuego.
- Hito histórico: Nehemías demostró una capacidad de liderazgo y organización extraordinaria. A pesar de las amenazas militares externas y los complots de enemigos como Sanbalat y Tobías, logró coordinar al pueblo para reconstruir las murallas de Jerusalén en solo 52 días (Neh. 6:15). Posteriormente, junto a Esdras, convocó a una gran asamblea de avivamiento y lectura de la Ley que consolidó la fe del remanente restaurado (Neh. 8).
El Antiguo Testamento cierra históricamente alrededor del año 400 a. C. con el ministerio del profeta Malaquías. Su libro denuncia que, a pesar de las reformas de Esdras y Nehemías, el pueblo había vuelto a caer en la apatía, el ritualismo vacío y la infidelidad familiar. Malaquías cierra el canon hebreo con una reprensión seria, pero también con una promesa brillante: el sol de justicia nacería, y antes de su llegada, Dios enviaría a un mensajero con el espíritu de Elías para preparar el camino (Mal. 4).
Conclusión: el remanente y la espera activa
La historia de Israel en el Antiguo Testamento no termina con un imperio glorioso ni con un trono terrenal restaurado, sino con un pequeño remanente que regresó a una provincia humilde. A través de los siglos de infidelidades, juicios y exilios, Dios demostró que la supervivencia de esta nación nunca dependió de la fuerza de sus ejércitos o de la sabiduría de sus reyes, sino de la fidelidad inquebrantable de Dios a su propia Palabra. Al cerrar el canon del Antiguo Testamento, el Templo físico estaba en pie y la Ley se enseñaba, pero el corazón del pueblo seguía necesitando una transformación profunda.
Por eso, el Antiguo Testamento no es una historia incompleta, sino una historia en espera. Cada altar levantado en el desierto, cada rey que falló en Jerusalén y cada profeta que denunció el pecado apuntaban hacia adelante. La historia de Israel es el escenario que Dios diseñó minuciosamente para recordarnos que la humanidad no puede redimirse a sí misma. Al cerrar las páginas del Antiguo Testamento, la promesa hecha a Abraham sigue marchando con paso firme, dejando al lector en una expectativa ardiente por aquel que vendría a cumplir la Ley, a restaurar el verdadero Israel y a traer la bendición eterna a todas las naciones de la tierra.

