Imagen de un grupo de fariseos observando con recelo, representando la oposición de este grupo al ministerio de Jesús de Nazaret.

En el complejo escenario político y religioso del Nuevo Testamento, los fariseos aparecen como una figura central y, a menudo, mal comprendida. En nuestra lectura popular solemos reducirlos a un sinónimo de hipocresía, pero para comprender la dinámica de los Evangelios es indispensable verlos como un movimiento de renovación espiritual que buscaba proteger la santidad de Israel frente a la influencia pagana. Su celo por la Torá (la Ley) definía gran parte de la vida cotidiana del pueblo judío en tiempos de Jesús, incluso llegando a darle un extremo valor al cumplimiento de detalles legales en detrimento de los valores esenciales de la verdadera piedad (Mt. 23:23).

A diferencia de la aristocracia sacerdotal que controlaba el Templo, los fariseos se movían principalmente en el ámbito de la sinagoga y la enseñanza pública. Su influencia era profunda porque no dependían de un cargo político, sino del prestigio académico y moral que habían ganado entre la gente común. Sin embargo, este mismo compromiso con la pureza legalista terminó creando tensiones inevitables cuando se encontraron con el ministerio de Jesús, quien desafiaba sus interpretaciones y tradiciones humanas que, según él, eclipsaban la voluntad de Dios (Mr. 7:8).

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Origen, identidad y relación con otros grupos

El movimiento de los fariseos, cuyo nombre proviene probablemente del hebreo perushim, que significa «separados» o «apartados», surgió alrededor del siglo II a. C., durante el periodo asmoneo (o macabeo), buscando aplicar la santidad de la Ley a todo el pueblo en general. Para entender su identidad en el Nuevo Testamento, es vital comprender un aspecto clave de su doctrina: la Ley oral. Los fariseos sostenían que, además de la Ley escrita, Dios entregó a Moisés interpretaciones y tradiciones orales que debían transmitirse para aplicar los mandamientos a nuevas circunstancias.

Es fundamental distinguir también la relación de los fariseos con otros grupos importantes de la época, como los saduceos y los escribas: estos últimos eran los expertos profesionales en la interpretación y copia de la Ley, y aunque muchos fariseos eran también escribas, no todos los escribas compartían la ideología farisea. Mientras que los fariseos constituían un grupo ideológico y político, los escribas representaban más bien un oficio académico.

En contraste, los saduceos representaban a la élite sacerdotal de los judíos, controlaban el Templo y se inclinaban hacia posturas políticas más pragmáticas y helenizantes. Pero a pesar de que fariseos y saduceos mantenían disputas teológicas feroces —por ejemplo, respecto a la resurrección (Mt. 22:23; Hch. 23:7-8)—, terminaron aliándose junto con los escribas y los ancianos del pueblo para confrontar a Jesús, pues la autoridad compartida de todo este estamento se veía amenazada por el mensaje y la autoridad del Nazareno (Mt. 27:1; Lc. 20:19).

En resumen…

  • ¿Cuándo surgieron los fariseos? El movimiento surgió alrededor del siglo II a.C., durante el periodo asmoneo (o macabeo), y su nombre proviene probablemente del hebreo perushim, que significa «separados» o «apartados».
  • ¿Por qué surgieron? Nacieron como una reacción de piedad popular frente al helenismo y al control político que los saduceos (la élite sacerdotal y aristocrática) ejercían sobre el Templo.
  • ¿Qué buscaban? Su objetivo no era retirarse de la sociedad, sino aplicar la pureza de la Ley a la vida cotidiana de cualquier judío, democratizando el estudio de la Torá fuera de los muros del Templo.

Comprender este trasfondo permite ver que el conflicto tan presente en los Evangelios no era una lucha simplista entre «buenos y malos», sino un intenso debate teológico sobre el verdadero propósito de la Ley de Dios.

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Fariseos destacados en el registro bíblico

El grupo de los fariseos no era un bloque monolítico; es importante notar que existían matices y distintos niveles de apertura. La Biblia menciona a varios individuos que pertenecían a esta corriente, mostrando su diversidad interna:

  • Nicodemo: Un fariseo y «principal entre los judíos» que, pese a su posición, buscó a Jesús de noche para dialogar sobre el nuevo nacimiento, y más tarde defendió un juicio justo para él (Jn. 3:1-2; Jn. 7:50).
  • Gamaliel: Uno de los maestros de la Ley más respetados de su tiempo. Su prudencia y sentido común evitaron una decisión precipitada del Sanedrín contra los apóstoles, sugiriendo dejar que el tiempo probara el origen de su mensaje (Hch. 5:34-39).
  • Pablo (Saulo de Tarso): Instruido a los pies de Gamaliel, el apóstol se identificó orgullosamente como «fariseo, hijo de fariseos» antes de su encuentro con Cristo en el camino a Damasco, destacando que su celo por la justicia de la Ley era irreprochable según el estándar de su grupo (Hch. 22:3; 23:6; Fil. 3:5).

Vale destacar que tras la destrucción del Templo en el año 70 d. C., y con ello el fin de la era del antiguo pacto, los fariseos fueron el único grupo que logró reorganizarse de alguna manera, convirtiéndose en los pilares del judaísmo rabínico que persiste hasta hoy.