Una ilustración de Esdras enseñando la Ley de Dios al pueblo de Israel en Jerusalén.

Pocas tareas en la iglesia tienen tanto valor, y a la vez tanta responsabilidad, como la de enseñar la Palabra de Dios. Transmitir las Escrituras no es simplemente dar un discurso o compartir opiniones humanas; es abrir el texto sagrado para que las personas puedan escuchar la voz de su Creador, entender Su plan a través de la historia redentora y descubrir cómo vivir dentro de Su pacto de amor.

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Por eso, antes de mirar cualquier método o estrategia, es necesario detenernos y dar gracias. Gracias por cada hombre y mujer que, semana tras semana, dedica sus horas a estudiar, orar y pararse frente a un grupo de niños, jóvenes o adultos para enseñarles la Biblia. En cada generación, Dios levanta a personas comunes y corrientes con una pasión extraordinaria por Su verdad. A todos los maestros de escuela dominical, líderes de grupos pequeños, pastores y predicadores: su labor es vital. Ustedes son los guardianes de la fe y los puentes que conectan las promesas eternas de Dios con el día a día de Su pueblo. ¡Su esfuerzo no es en vano!

Sin embargo, todos los que enseñamos sabemos que la tarea no siempre es fácil. A veces nos enfrentamos al cansancio, a la falta de atención o a la gran ola de confusión que nos rodea. ¿Cómo mantenernos firmes y ser efectivos? Para encontrar la respuesta, la misma Biblia nos invita a viajar en el tiempo y mirar el ejemplo de un maestro que transformó por completo la vida de una nación: Esdras.

Una crisis silenciosa: el contexto de Esdras

Para entender la grandeza del ministerio de Esdras, primero debemos entender la crisis que le tocó vivir. El pueblo de Judá venía regresando a Jerusalén después de pasar setenta largos años exiliado en Babilonia. Aunque ya habían logrado reconstruir el templo de piedra, había una estructura mucho más importante que estaba en ruinas: su identidad espiritual.

La gran mayoría de los que regresaron habían nacido en tierras extranjeras. Durante el cautiverio, las nuevas generaciones adoptaron el arameo (el idioma cotidiano y comercial del imperio) y dejaron de hablar el hebreo. Esto provocó una barrera tremenda: cuando regresaron a su tierra, sufrían de un terrible analfabetismo bíblico porque ni siquiera podían entender las Escrituras en su idioma original. Para más, estaban profundamente influenciados por las culturas paganas y habían olvidado lo que significaba ser el pueblo del pacto de Dios.

En medio de este panorama tan desalentador, Dios levantó a Esdras, un sacerdote y escriba cuyo llamado principal era pedagógico. Su misión era romper la barrera del idioma y de la ignorancia para reconstruir el corazón de la gente a través de la enseñanza de la Palabra. De hecho, la necesidad era tan extrema que más adelante, cuando se leyó la Ley públicamente, los ayudantes de Esdras tuvieron que ir traduciendo del hebreo al arameo y explicando el significado sobre la marcha para que la gente común pudiera comprender (Neh. 8:7-8).

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El secreto de Esdras: una ruta de tres pasos

¿Cuál fue la clave para que el ministerio de Esdras fuera tan impactante? La Biblia nos revela su «fórmula» secreta en un solo versículo, Esdras 7:10:

«Porque Esdras había dedicado su corazón a estudiar la ley del Señor, y a practicarla, y a enseñar Sus estatutos y ordenanzas en Israel» (Esd. 7:10).

Este pasaje es una joya teológica y práctica que traza una ruta clara y consecutiva para cualquier persona que desee enseñar la Biblia hoy. Nota el orden tan perfecto que utiliza:

1. Estudiar (examinar con profundidad)

Esdras no improvisaba. El texto dice que preparó su corazón para estudiar o «inquirir» (RVR60) la ley de Dios. Esto significa que se tomó el tiempo para investigar las Escrituras de manera diligente, respetando su contexto histórico y buscando entender el gran hilo conductor de la historia de la redención.

Para nosotros, el desafío es el mismo. Antes de hablar a los hombres de parte de Dios, tenemos que pasar tiempo a solas escuchando lo que Dios ya ha dicho. Un buen maestro no comparte «ocurrencias» del momento ni usa la Biblia como un trampolín para hablar de sus propias ideas; se sumerge en el texto para extraer su verdadero significado.

2. Practicar (encarnar el mensaje)

Este es el paso que muchos suelen saltarse, pero es el más crítico. Esdras no estudiaba la Biblia solo para acumular conocimientos teológicos o para preparar un bosquejo bonito; estudiaba para practicarla. La verdad de Dios pasaba primero por su propia vida y transformaba sus acciones antes de salir por su boca.

El conocimiento bíblico que no produce obediencia solo genera orgullo espiritual. Nuestros oyentes, ya sean niños o adultos, tienen un «radar» muy fino para detectar la hipocresía. El mensaje de un predicador adquiere un poder y una autoridad moral incomparables cuando el auditorio nota que esa verdad ya ha gobernado y moldeado el corazón del que está hablando.

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3. Enseñar (instruir a otros)

Solo después de haber escudriñado la Palabra y de haber alineado su vida con ella, Esdras se dispuso a enseñar. Él entendía que el propósito final del estudio no era quedarse con la bendición, sino compartirla para que toda la comunidad pudiera vivir de acuerdo con el pacto de Dios.

Cuando enseñamos, nuestra meta no debe ser impresionar a la gente con palabras difíciles o debates teológicos interminables. Nuestra meta debe ser hacer que la Biblia sea accesible, clara y práctica, mostrando con amor cómo la obra de Dios en el pasado y Sus promesas cumplidas en el Nuevo Pacto transforman nuestro presente.

Conclusión

El analfabetismo bíblico y la confusión espiritual de los días de Esdras no son muy diferentes a los desafíos que enfrentamos hoy en nuestras iglesias y sociedades. La solución para nuestra generación sigue siendo exactamente la misma que en el postexilio: necesitamos maestros y predicadores que amen tanto a Dios y a su pueblo que decidan volver al modelo de Esdras.

Sigamos adelante con esta hermosa tarea. Preparemos el corazón para estudiar la Verdad con seriedad, tengamos la integridad de practicarla con valentía y mantengamos siempre la pasión por enseñarla con claridad. Nuestra iglesia lo necesita, y Dios es fiel para respaldar a quienes honran Su Palabra.